Messi, Mbappé... Los negocios de los sueños


Si estás por invertir en una taquería para poder invitar a tus amigos, llevar a tu novia a cenar a “tu” negocio, o para presumirla al pesado de tu cuñado, no le entres. Vas a perder todo el dinero que ahí pongas. Invierte en otro donde el único criterio sea ganar dinero. Todo el dinero que legal y éticamente te sea posible. Y con las utilidades podrás invitar a tus cuates a festejar al mejor bar de la ciudad, a tu mujer a pasar una romántica velada en tu playa favorita o a presumirle el deportivo de lujo al insufrible cuñado.

Porque los negocios no tienen sentimientos. No saben de parentescos, ni de filias o fobias. No tienen colores favoritos ni gusto por los escotes. Los negocios solo saben de números, de entradas y salidas de dinero, de rendimientos financieros, de optimización de costos, de equipos de trabajo altamente calificados, de capacitación para mantener ventajas en la industria en la que compites. 

Y un hombre de negocios se hace, como cualquier actividad humana, forjando el carácter. Cuando sonríe el éxito es porque hubo talento y determinación de por medio; a veces porque hubo un poco de suerte; otras, porque se supo aprovechar alguna circunstancia, alguna relación, algún momento. Esos exitosos personajes pasaron, todos, por momentos de angustias económicas, de llegar al fin de semana, o de mes, o de cierre fiscal, a reflexionar, a planear, a tomar nuevos aires. O simplemente a lamentarse acompañado de una cerveza, que ni para el tequila alcanzó. 

Imagino que así de apenumbrado llegó Lionel Andrés a casa, en el tranquilo y lujoso Bellamar de Castelldefels, a contarle a Antonella que la mala situación del club era ya apremiante. Que el presidente le rogaba reducirse el sueldo ni más ni menos que a la mitad. Hemos recibido mucho y es hora de retribuir, han sido años muy buenos y a los nenes nada les falta, la afición se lo merece, el club me hizo, tenemos de sobra. Dolorosos argumentos de miradas en el infinito y ceños fruncidos acompañados de un mate que sabía a agua. La afirmativa decisión se tomaría con base en lealtad, amor, nostalgia, cariño, pertenencia.


Pero la cosa no quedaría ahí y aquel proyecto no prosperó. Algunos meses después, con sus hijos pasando sus primeras fiestas prenavideñas en París, sustituyendo paulatinamente el acento catalán por el francés, con una Ciudad que Antonella ya descubre que efectivamente es de luz, los Messi daban cuenta de que los negocios, efectivamente, carecen de sentimientos. Que el abundante sueldo que desquita en cada asistencia, en cada marca que jala, en cada abrazo con Mbappé o Di María, en cada gol con su nuevo uniforme, está más que pagado. 

La nostalgia, sustituida por nuevos proyectos. La tristeza, por ambición. ¿Cuántos títulos me quedan por delante? ¿Cuántos partidos? ¿Cuántos torneos? ¿Por qué detenerme? ¿Se le pide a Serrat que deje de cantar? ¿A Almodóvar que deje de dirigir? ¿A Beltrán del Río que deje de dar noticias? Pues que a Messi no le pidan que deje de jugar fútbol. Los Messi están por mudarse a Neully-sur-Seine, lujoso barrio de la Ciudad más glamorosa del mundo. Ahí donde vive Kylian, el astro de moda en el fútbol, de quien el presidente galo Emmanuel Macron, diría el día de reyes, entre otros muchos elogios, que “…seguirá sorprendiéndonos”. Porque hoy la sorpresa sería que la vecindad con Lío dé para muchas Navidades.

¿Cuántos hombres de negocios desearían que sus gobernantes les tendieran tan efusivo apoyo público? Todos. En México vemos a presidentes halagar a Slim, a Azcárraga o a Salinas Pliego no por coincidencias ideológicas o políticas, sino porque representan empleos, impuestos, influencia entre la población; a cambio de continuar inversiones, ampliar instalaciones, haciendo crecer sus mercados internos. 

Si Kiki es un hombre de negocios, lo sabremos pronto. No tendrá la premura que tuvo Messi. Ni la responsabilidad de una familia que depende de su decisión. Cuenta con relación gubernamental del calibre de las de Jeff Bezos y Elon Musk; con tiempo suficiente para ir forjando el carácter que ya vimos en Neymar al dejar a los culés para mostrarnos cómo son los hombres de negocios en el mundo del fútbol: toman riesgos para alcanzar la grandeza. 

Si Kylian sigue sus sueños de niño, el blanco color de su infancia, cruzará los Pirineos para ganar, como le ofrecieron a Messi, la mitad de lo que le paga el PSG. Si toma decisiones con base en rendimientos financieros, flujos de efectivo, capacitación y equipos de trabajo altamente calificados, lo veremos en el Parc regresando triunfante no solo del Mundial, sino de las Olimpiadas de París, para guiar a nuestro PSG, como capitán, a la conquista de una nueva Orejona. Con una pizca de suerte, la tercera consecutiva. Business is business y ¡Allez Kiki!


soloparisiens.com

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