Paris Saint-Germain, un equipo de alta tecnología

Foto extraída de: gettyimages.fr

Jugar bien, convencer y ganar, lo ideal. Combinación extraña, casi excepcional, que me hace recordar a los tres mejores clubes que me ha tocado ver. Dominaron la liga, establecieron récords y realizaron hazañas nunca repetidas. Y que tristemente, ninguno de ellos fue campeón.

El primero, los Pumas. Sublíderes en la temporada 1977-78, dirigidos brillantemente por Bora Milutinović, perderían la final ante unos Tigres que terminaron en quinto lugar general pero que no fueron mermados por la Selección Mexicana, con un global de 2-0, mientras al cuadro universitario, base de aquella Selección, le requirieron a cinco titulares, Hugo Sánchez, el Gonini Vázquez Ayala, Leonardo Cuéllar y Enrique López Zarza, para preparar la fatídica Copa Mundial Argentina 1978. Una temporada después, la mancuerna formada por el entonces tricampeón de goleo Cabinho y un joven Hugo Sánchez, se convertiría en la única en que dos jugadores de un mismo equipo compartieron el título de goleo, 26 cada uno, para terminar perdiendo una emocionante final frente al mejor Cruz Azul de todos los tiempos, por idéntico 2 a 0.

Luego vendría el América del primer Carlos Reinoso, el Maestro, el de la temporada 1982-83, con superliderato de 26 victorias, tres derrotas y 61 puntos, cifras que representaban récords del fútbol mexicano (en aquel momento las victorias otorgaban dos puntos, cosa que representaría 87 unidades hoy en día). En una serie rodeada de extraños arbitrajes, el Guadalajara lo eliminó en semifinales venciéndolo 3 por 0 (global 4-2), en el Estadio Azteca, bronca en cancha y tribunas atiborradas incluida.

Casi una década después, en la temporada 1991-92 otro hecho insólito. El equipo recién ascendido, el Atlante, quedó como superlíder, jugando un futbol espectacular, sin estrellas y de la mano del entonces novato Ricardo LaVolpe. En medio de un nuevo sistema de competencia que daba el triunfo en las series de eliminación directa al equipo que metiera más goles como visitante, por primera vez en la liga mexicana (hasta entonces el segundo criterio de clasificación, después del marcador global, era la posición en el campeonato regular), quedaría eliminado por diferencia de goles por el desde entonces máximo rival, el Cruz Azul, en una amarga mañana como locales, en el inmueble de la colonia Nápoles.

Equipazos que daba gusto ver en la televisión de borrosos jugadores y más aún en la hermosa Ciudad Universitaria, en el entonces impresionante Estadio Azteca o en el viejo Estadio de la Ciudad de los Deportes, que siempre careció de estacionamiento y que entonces era denominado Azulgrana.

A nivel selecciones me tocó ver el espectáculo de Teófilo Cubillas con un Perú que jugó con un cintillo de luto por el terrible terremoto que azotó su patria meses atrás, en el Mundial de México 70; a la Naranja Mecánica de una constelación de estrellas que cambiarían el ritmo del deporte en 1974; el de la sorpresiva y anónima selección francesa y el poderoso scratch brasileño que regresaba al jogo bonito de 1978; y a la mejor de todas, el equipo de Rochetau, Giresse, Batistton y Platini… Le Bleus de 1982. Grandes cuadros de hermoso fútbol y enormes jugadores que se enfrentaron al mejor Brasil de todos los tiempos, que se llevaría para siempre la Jules Rimet; al ambicioso y tozudo anfitrión alemán; a la dictadura pampera, sobornos incas incluidos; y a las patadas y mal arbitraje que haría campeones a los alemanes en el Mundial hispano.

Ninguna de aquellas selecciones que llenaron mis sueños y saturaron mis pláticas y discusiones con mi hermano, mi padre, amigos, tíos y primos, logró el campeonato del Mundo. Alemania 82 y Argentina 78 campeonas, las que más nostalgia, más romance por mis favoritos y más frustración me causaron.

El 26 de octubre pasado el programa del Chiringuito recibió a Rafa Márquez con palabras de lo más emotivas, aplausos sinceros y una respuesta de voz entrecortada del mejor jugador mexicano de todos los tiempos, que dieron marco a unas declaraciones tan llenas de romanticismo futbolero como las de aquellos equipazos. Rafa se quedó, también. con la frustración de no lograr el campeonato del mundo con su selección.

Y le tocó el juego bonito, ofensivo, lleno del estilo colectivo y de buen toque estilo Menotti, que imprimió Ricardo LaVolpe en los equipos a los que dirigió, como aquella Selección que perdió en penaltis la semifinal de la Copa Confederaciones Alemania 2005 ante arteros codazos y patadas argentinas y que repitió la derrota en el mejor juego que ha dado la selección mexicana en su historia, el 3-4 ante los anfitriones, perdiendo el tercer lugar. Romanticismo y nostalgia puras donde un Rafa Márquez de coleta de caballo, barba de tres días y gesto de catalán recio, capitaneaba a once talentosos guerreros aztecas en aquella Copa de entrenamiento mundialista y que un año más tarde, ya en 2006, volvería a verse derrotado por la Argentina de Riquelme y un inspirado Maxi Rodríguez.

Entiendo el llanto contenido del capitán del Barcelona en el programa de Pedrerol porque lo viví a través de mi televisor, compartiendo a distancia las lágrimas de los mexicanos que abarrotaron las tribunas alemanas, enfundados en la casaca verde.

Y esta reflexión viene a cuento por la situación que vive nuestro querido PSG. La exigencia de tuiteros bien y mal intencionados, de analistas serios o populacheros, del mundo entero del fútbol –mundo que es cada vez más global– es la de cambiar de director técnico a la brevedad posible.

¿El motivo? Porque el París «juega feo», porque «no juegan a nada», porque «este hombre de fútbol no sabe nada». ¿Y por qué no lo han removido ante tanta presión mediática? Porque de 17 partidos jugados hasta el momento de escribir estas líneas, llevamos 12 ganados, 3 empatados y solo uno perdido. En la Ligue1 tenemos el 87% de los puntos disputados mientras en la Champions se le ganó 2-0 al favorito del grupo, el Manchester City y solo se perdió el liderazgo del pelotón en un empate de último minuto ante el Leipzig. Es decir, los resultados son los que mantienen a Pochettino como director técnico.

Un equipo de alta tecnología


En 1999 iniciaba mi etapa como empresario, comprando con mi socio una máquina de impresión offset usada marca Heidelberg, modelo 1980 de formato completo (imprimía hojas de papel sin cortar, de 102 centímetros). Estaba en muy buenas condiciones, que se miden por la cantidad de impresiones acumuladas (todo lo que esté debajo de cien millones es bueno) y por su calidad de impresión (que “registre”, lo que significa que letras pequeñas se vean nítidas, y que no tenga importantes variaciones de tono en los colores oscuros).

Con esa inversión fue necesario contratar prensistas de experiencia, cosa que conseguimos con sueldos superiores a la media del mercado. Al cabo de diez meses se había cumplido la curva de aprendizaje, comenzaron las utilidades, el equipamiento de la imprenta y, después de un par de años muy buenos, acumulamos ganancias para comprar equipo nuevo de formato medio (76 cm), también de la marca líder, la alemana Heidelberg. Fue un brinco impresionante. Requerimos de personal con mucha mayor experiencia y capacitación, así como de un jefe de taller que garantizara el mejor aprovechamiento de la máquina.

Y en 2005, el nuevo brinco tecnológico. Formato completo, máquina nueva de la mejor tecnología (aceptaba cartón) y equipamiento disponible (todos los sistemas, incluyendo los de limpieza, automáticos). Tan solo la instalación requirió varias semanas, la capacitación, un mes y al reunirnos en un club de impresores que Heidelberg había montado, descubrimos que nuestro personal requería capacitación adicional, formal, de ¡un año! Y con un costo enorme para nuestros alcances. Diez mil dólares por técnico capacitado.

Porque así es la alta tecnología. Requiere de mucha capacitación, mucha experiencia, manejo de personal profesional, atención en muchos detalles, supervisión de calidad continua.

¿Cuándo terminamos de dominar aquel equipo, similar al que podía encontrarse en las imprentas más tecnificadas de cualquier país del mundo? Quizás nunca lo hicimos al 100%. Quizás dominamos el 90% de las funciones disponibles. Un poco como el IPhone, al que hay que aprenderle algo nuevo cada semana, para poder sacarle jugo al 60% o 70% de su potencial. Por supuesto, con una enorme diferencia en la inversión.

Pues la historia del PSG con los accionistas qatarís es similar. Empezaron con inversiones interesantes, mejor pagadas que el promedio de la competencia. Digamos que era tecnología vieja en buenas condiciones. Fueron subiendo la calidad del equipo y con ello, se requirieron de mayores inversiones en todos los aspectos del Club. Tecnología de punta pero de formato medio, primero, para finalmente anunciar la edificación de la Ciudad Deportiva con una inversión de 300 millones de euros –que será estrenada en verano del siguiente año– a la vez que llegaban las dos mayores contrataciones en la historia del fútbol mundial.

Y hoy nuestro querido París es un equipo de alta tecnología. Tenemos al mejor #10 de su generación, Messi. Y también al segundo, Neymar. Y a la mejor promesa en la delantera, Mbappé. Y a dos grandísimos porteros. Y Hakimi, Nuno, Verratti, Marquinhos, pueden llegar a ser considerados los mejores de su posición, al final de sus carreras. Y un talento juvenil envidiable, del que hoy por hoy solo Ebimbe ha mostrado lo que sabe hacer con el primer equipo –desde luego, no es el único ni el de mayor habilidad, simplemente el más avanzado.

Un equipo así requiere tiempo para dar sus mejores frutos. No de los diez meses que necesitó mi primera máquina de impresión ni de las dos temporadas que necesitaron los qatarís para ganar la Ligue1. Requiere de un manejo inteligente y experimentado, con departamentos especializados, de conocimientos profundos, para exprimirle todo el jugo a maquinaria de tan alta calidad.

¿Imaginan un equipo que hubiera conjuntado a Maradona y Platini? ¿A Rivelinho con Cruyff? Si el tiempo lo hiciera posible, ¿a Maradona y Messi? Muy difícil acomodarlos, ¿verdad? Bueno, pues justo eso es lo que pasa con Messi y Neymar. El número uno y el número dos de-su-generación en el mismo equipo.

Por eso cuando Messi se ausentó ante el Bordeaux el equipo se vio mejor. Porque una de las funciones de esa máquina de alta tecnología no estaba disponible y así resulta más sencillo utilizarla y sacarle más provecho para ese trabajo, para ese partido, aunque sea como antes de tener esa pieza tecnológica de punta. Pero este equipo no está para un solo trabajo, para un solo partido, para golear y humillar al Bordeaux, estaremos de acuerdo.

Cuando en la imprenta finalmente le sacamos provecho a nuestra máxima inversión, la productividad y las utilidades se fueron a las nubes. Nada qué ver con la primera ni la segunda generación de maquinaria, que parecían ver, nostálgicas y con recelo, a su hermana mayor.

Pues justo eso es lo que va a suceder en cuanto todas las funciones de este equipo estén disponibles. Cuando las labores de limpieza se realicen de manera automática, cuando los ajustes requieran de una fracción de lo que hacen equipos de menor alcance, cuando la velocidad, la precisión y el uso de las mejores materias primas disponibles, se encuentren orquestadas para dar resultados de altísima calidad y resultados sorprendentes.

Dudo que más de diez entrenadores en el mundo tengan la capacidad de manejo de un equipo de tales características. Tampoco tengo dudas de que Pochettino es uno de ellos. Si no me creen, pregúntenle a nuestro detractor de moda (¿lo será?, ¿o ese título sigue perteneciendo a los homofóbicos –OJO FIFA– culés?), el Real Madrid… que está al acecho de ese artificialmente menospreciado director técnico.

Tampoco tengo duda en que aficionados, directivos, entrenadores y jugadores de aquellos legendarios Pumas, Águilas o Potros, cambiarían los récords obtenidos por sus títulos 8 y 9 en el caso universitario, 14 para los de Coapa o 4 para el vagabundo azulgrana. Y que la Naranja Mecánica sustituiría el honorario título de inventor del fútbol-total por un campeonato del mundo. ¡No se diga de Perú o México!

Porque a final de cuentas lo que trasciende en toda actividad humana es el triunfo, la colección importante es la de victorias, títulos, utilidades. ¿Insistimos con la nostalgia? Cuando la tecnología del PSG encaje, veremos lo romántico que resulta ser dirigidos por un jugador que lo dio todo siendo capitán, que aguanta todo siendo técnico y que, con un poco de suerte, nos dará una era para recordar. ¡Allez Poche!



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